Lunes, diez de la mañana, facultad de Filosofía y Letras. Una profesora entusiasta en su materia -técnicas artísticas- invita a un eminente profesor de arte del Instituto Superior de Arte de La Habana a dar una charla a sus alumnos.
Él, haciendo un resumen de la conferencia que va a dar por la tarde y ayudado de diapositivas, presenta una selección de los artistas cubanos -y matiza, ‘cubanos, en Cuba’- exponiendo interesantes ideas y propuestas que se pueden ver en las galerías de la isla y también en salas europeas. Nos pone numerosas imágenes en las que los artistas hablan de la conciencia de ser una isla, de la disidencia y su represión, sobre la imposibilidad de viajar a la que se enfrentan los jóvenes cubanos, la violencia sobre las mujeres, incluso, del sexo, del género, de la ética de la reproducción asistida.
Y cuando se abre el turno de preguntas, una detrás de otra, todas las cuestiones intentan poner en un brete al hombre que, con sencillez y sinceridad, nos acaba de decir que cree en la revolución aunque no lo haga en los líderes, que trata de inculcar a sus alumnos la importancia del acto de creación como acto de transformación. “¿Hay libertad en Cuba para crear?” -dicen al fondo- “¿Ese vídeo-metáfora de la disidencia que nos ha puesto, está hecho de verdad en Cuba?” -se pregunta alguien incrédulo- “¿Se puede hablar de homosexualidad?”.
No me sorprenden. Era de esperar. Y él también lo esperaba. En decenas de ciudades europeas le habrán hecho la misma pregunta. Y es que lo poco que sabemos acá de los de allá es lo que nos inoculan los medios de comunicación: censura, represión, falta de libertades individuales es todo lo que hay en esa (maravillosa, según creo) isla del Caribe. Por eso estas son las únicas preguntas que nos vienen a la cabeza.
Entonces yo me acuerdo de algo que ocurrió en 2007, en la Bienal de Fotografía que se celebra en Zaragoza -y que este año, aunque tocaba, no se hizo… ¿sabe alguien porqué?-. No sé si la anécdota es cierta o solo era una coña de redacción, pero se decía que altas instancias eclesiásticas se habían sentido muy ofendidas por una fotografía que representaba una parodia de la última cena. El profesor, mientras yo pienso en esto, recuerda como el director de un museo tuvo que pedir perdón por unas imágenes explícitamente sexuales expuestas en sus salas.
Sé poco de Cuba, así que no diré que es el paraíso de la libertad, ni que es un auténtico infierno vivir allí. Pero mucha gente que piensa que aquello es el infierno debería sopesar el grado de libertad que se vive en España. ¿Dice la prensa lo que quiere, lo que puede, lo que vende…? ¿Se acomoda el arte a lo políticamente correcto para evitarse problemas? ¿Tienen los artistas españoles de hoy la conciencia del deber de transmitir una realidad social y transformarla? Creo que, en este aspecto, Cuba y España no andan tan lejos una de la otra.
*La imagen es un fotograma del vídeo “El que no sabe es como el que no ve”, de Lázaro Saavedra


Hoy es un día gris, y no porque el cielo de Zaragoza se esté cubriendo por momentos, sino porque acabo de enterarme de que Urbanismo ha decidido cerrar la sala Arrebato. Probablemente no sea un cierre definitivo, por el bien de la ciudad, pero es una muestra más de que en aquí solo se permite lo que da dinero a las arcas municipales y lo que se puede controlar por vía administrativa o policial, sin importar el beneficio común que pueda suponer para la cultura.
Escribo todo esto cuando aún me queda un capítulo del libro por leer, y la verdad es que yo tampoco sé cómo voy acabar este texto. Mejor lo dejo aquí, me lo leo, y… no, no lo cuento. Se lee en una tarde, merece la pena devorarlo del tirón en una tarde, así que aquí estará en la estantería esperando a que alguien pida algo para leer…
La guerra provoca desplazamientos, y “Después de la alambrada”, la exposición inaugurada el martes pasado en el Paraninfo, nos habla de eso. De los que se fueron, los que se tuvieron que marchar porque de repente, su país ya no era suyo, o no lo había sido nunca.