Sola en el museo

Me alegro de haber llegado ‘tarde’ ayer a la inauguración del Instituto Aragonés de Arte y Cultura Contemporáneos, el Pablo Serrano. Estaba ansiosa, como otros muchos, por ver el interior de ese edificio polémico y rompedor que se ha levantado en los últimos años sobre el viejo museo, y comprobar si su contenido estaba a la altura de las expectativas.

La multitud –aquí, retratada por José Garrido- que llenó el museo por la mañana ya se marchaba cuando llegué, y solo quedaban las banderas, un escenario vacío, y algunos trabajadores algo descolocados por la jornada de puertas abiertas. Estábamos, por así decirlo, solos el museo y yo.

La terraza del Pablo Serrano

El edificio me ha gustado mucho. Diáfano, con unos recorridos bien estructurados (cuando las escaleras mecánicas funcionen en el sentido adecuado), con un gran potencial a la hora de distribuir espacios por su gran altura y diseño. Además, tiene unas vistas impagables, como atalaya moderna de la ciudad, comparable solo con las torres más altas de las iglesias del Casco Antiguo. Decía su arquitecto en una entrevista publicada ayer que los museos son la tipología aquitectónica más relevante de las últimas décadas, las catedrales del cambio de milenio, y creo que este edificio está a la altura de esa categoría.

El contenido actual es otra cosa. No voy a decir que no me gustó, aunque la escultura de Pablo Serrano es algo un poco incomprensible, más filosófica que hermosa, y la exposición no sirve para facilitar que quienes no le conocemos nos acerquemos a él con cariño, a que, por decirlo de alguna manera, hagamos bien la digestión.

La exposición de la planta baja muestra la evolución del diseño de Pérez Latorre de una forma bastante didáctica  y ‘Noreste’, la colectiva de artistas aragoneses, recoge obras de Enrique Radigales, Javier Peñafiel o Lara Almarcegui que me parecieron interesantes.

No quiero ser ceniza, ni hacer como esos que solo cuantifican el dinero que ha costado el edificio, ni voy a ser nostálgica de un museo anterior que no conocí: sé que el museo que vimos ayer aún está en pañales. Es como esos recién nacidos que aún no tienen los rasgos formados por mucho que sus progenitores se empeñen en verles ya cualidades que aún no han tenido tiempo de desarrollar.

Tomando el símil que Almarcegui hace con el descampado, me gustaría pensar que el IAACC está todavía abierto al azar. Que quienes hemos celebrado su nacimiento vamos a tener cabida en él. Que va a mirar a los públicos, reales y potenciales, que va a ser un lugar de encuentro. Ayer no ví apenas nada de eso, la verdad. Solo cajas de folletos bajo las mesas, ni un solo espacio para sentarse, operarios dando últimos retoques.

Pero creo, como me dijo el otro día un amigo, que el IAACC es la gran oportunidad para el arte contemporáneo en Aragón, que ha tardado tres décadas en levantarse y que no se repetirá en las próximas tres décadas. Y espero, confío en que sabremos explotar todo lo que puede dar de sí.

Aun quedan muchas cosas por descubrir en el museo: los atardeceres desde la terraza -¡bancos, por favor!- que podría convertirse en un lugar más de público de ocio y encuentro; una biblioteca que se presenta como “la colección bibliográfica centrada en el arte contemporáneo más relevante de Aragón, integrada por más de 9.000 publicaciones” y que con un horario algo más racional (de momento solo va a abrir por las mañanas) se convertiría en una gran herramienta para los estudiantes de arte. Unos talleres abiertos a la creación en el propio museo y a los programas educativos, y un auditorio donde podrán hacerse jornadas, encuentros, proyecciones de cine…

Para que todos esos recursos y ese potencial sean explotados como merecen, hacen falta gestores inteligentes, con experiencia, voluntad y pasión por el proyecto que tienen entre manos. Hay que aparcar rencillas, ser optimistas, tener la mente abierta. Y,  en lo que a nosotros respecta, ser públicos activos, entregados, creativos e inconformistas.

Ayer disfruté mucho ese mediodía (casi) sola en el museo. Pero espero no volver a verlo vacío nunca más. Os recomiendo mucho mucho la visita (la entrada es gratuita) y después, que os paséis por aquí y me contéis qué os pareció.

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