Standby

Solilokio no ha caido en el olvido, pero anda inmerso en otras cosas que reclaman su atención, como los inminentes exámenes. No por eso deja de ir a ver exposiciones interesantes, como la que el otro día pudimos ver en el MNAC sobre “1000 años de historia”, o la visita a ese gran lugar que parece Hangar, una idea que deberíamos importar a Zaragoza y a cualquiera de esos equipamientos que el Ayuntamiento se empeña en mantener cerrados y vacíos.

Allí vimos el trabajo de Sergi Botella, tal vez en exceso autoreferencial pero muy interesante -en su “escaparate” de ideas estaba Ballard, y la campaña de Lidl “Lujo para todos” con la que Solilokio hizo hace años un trabajo que tal vez algun día deje por aquí- y que me enganchó desde el principio. También conocimos a David Bestué y Marc Vives, y ambos trabajos me llenaron de ilusión: no hace falta dominar una técnica para expresar ideas a través del arte, aunque eso no quite para que la investigación en las técnicas sea fundamental para que un artista alcance su objetivo… de eso habla, en parte, el texto sobre la exposición sobre Yves Klein en el Círculo de Bellas Artes de Madrid que entregué el otro día y de la que os dejo un trocito aquí para quien se pase por este blog en estos días de paréntesis.

Yves Klein, el vacío azul

Conocido por su inimitable e imitadísimo color azul, Yves Klein está otra vez de moda, y no solo en las prendas de la temporada. Veladas por su monocromía, el arte y lo que es lo mismo, la vida de Klein, son la metáfora de una época, los últimos cincuenta años, caracterizados en lo artístico y en lo espiritual por la búsqueda de sensaciones, y que ha sido, a su vez, “una era del vacío”. El artista que puso la idea siempre por delante de la ejecución, sin dejar por ello descuidado el perfecto dominio de las técnicas, es precursor de muchos artistas contemporáneos pero él, o eso intenta explicarnos la exposición del Círculo de Bellas Artes de Madrid, también tuvo su herencia.

La profunda preocupación artística del joven Klein y su decisión por la monocromía en su búsqueda de una nueva vanguardia, así como su técnica escultórica y pictórica, su conocimiento del oficio del dorador, no son casuales. Klein nació en 1928 en Niza y pasó su juventud de forma apacible, en el sur de Francia, en el círculo de pintores del ‘Grupo de Grasse’ al que pertenecían los amigos de los padres. La década de los cuarenta estuvo marcada por a abstracción expresionista, que representaba casi la uniformidad en el rechazo a la figuración y la preocupación por la forma y el color.

A la pugna entre abstracción y figuración no eran ajenos el padre de Yves, Fred, paisajista y pintor lírico, del que solo vemos en la exposición un retrato de Yves y su madre Marie Raymond, y una vaga representación sus acuarelas marinas. Su madre, en cambio, fue una representante del informalismo parisino que exploraba las formas orgánicas en pequeño formato.

Pero la representación de la obra de Raymond, que atraviesa su cronología, queda apagada y ocultada por la de su hijo y su apabullante ‘Arbol azul’, plantado frente a un jardín Zen de pigmento azul. Desde el momento que se entra en la sala, el visitante se queda atrapado por esa masa de color, poniendo en evidencia el contraste de intensidad que logró el artista entre la pintura que a él le insatisfacía y la desarrollada por él a partir de nuevos aglutinantes para el pigmento puro.

(…)

La oportunidad que sus contactos y su fama incipiente le brindan para experimentar le llevará a trabajar con la pintura de fuego y a fijar, mediante patente incluso, este color que da nombre a una época. En colaboración con químicos, desarrolló una resina sintética capaz de mantener intacto el brillo del pigmento, su intensidad de color que debía transportar al espectador, inundar por completo su percepción.

(…)

Como nos muestran las proyecciones, Klein llevó su arte más allá de su taller: a su vida personal, convirtiendo su boda en “su mayor obra de arte”, componiendo una única sinfonía monocorde y realizando una de las ‘performances’ más conocidas, cuando en una galería parisina, delante de enjoyados amantes del arte y al son de una orquesta tocando un solo acorde desnudó a las modelos y solo con sus gestos, pintó sus anatomías, azules por supuesto, en un enorme lienzo blanco.

Llegó a cuestionan los iconos del arte clásico en sus esculturas -‘Venus azul’, ‘El esclavo de Miguel Ángel’ y ‘La Victoria de Samotracia’- pero su principal reacción al arte tradicional, y por lo que probablemente Klein pasará a la historia más allá de nosotros fue ‘Le vide’, la exposición en la que todo lo que se ofrecía al visitante era una sala vacía y pintada de un intenso blanco. La visitaron miles de personas.

Puede que ‘Salto al vacío (el hombre en el espacio)’, una fotografía vertiginosa y que hace dudar de si es un montaje o no sea el mayor legado icónico del artista francés, que murió repentinamente en 1962. Su paso hacia lo conceptual y lo inmaterial, del que beberán tanto el arte venidero como la publicidad, le convierten todavía hoy en un absoluto contemporáneo. Y no solo porque el próximo verano se lleve el azul Klein.

‘Marie Raymond e Yves Klein. Herencias’ Sala Picasso del Circulo de Bellas Artes. Del 28 de octubre de 2009 al 17 de enero de 2010. Visita virtual en  www.circulobellasartes.com.

Bibliografía: ‘Klein’ Weitemeier, Hannah. Taschen.

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